No me valoraste ...



Las despedidas suelen dejar preguntas suspendidas en el aire: ¿Qué hice mal?, ¿qué me faltó?, ¿por qué se fue?, ¿había algo más por hacer?, ¿realmente ya terminó?, ¿valió la pena? Estas interrogantes reflejan una búsqueda desesperada de sentido ante una pérdida afectiva. Sin embargo, también revelan un elemento fundamental: la tendencia humana a responsabilizarse por completo del fracaso emocional, aun cuando la otra persona tuvo un papel determinante.

En realidad, cuando alguien no sabe valorar el amor o la amistad sincera que recibe, no es quien dio lo mejor de sí quien pierde, sino quien no supo reconocerlo. La ausencia de reciprocidad no es un juicio hacia el valor personal, sino hacia la incapacidad del otro para corresponder. Entenderlo no elimina el dolor, pero sí permite reubicarse en un lugar de dignidad.

El duelo emocional exige reconocer que entregarse con autenticidad no garantiza permanencia. Algunas personas llegan para quedarse; otras, simplemente para enseñar. Incluso las experiencias negativas pueden convertirse en un punto de inflexión: muestran con claridad lo que ahora se desea para la vida y lo que ya no se está dispuesto a aceptar. Desde esta perspectiva, agradecer la lección —aunque haya sido dolorosa— constituye un acto de madurez emocional.

Superar la pérdida requiere tiempo. No es un proceso lineal ni inmediato, pero avanzar se vuelve posible cuando se acepta que la vida continúa ofreciendo oportunidades. Reconocer que uno merece amor sincero, amistad leal y un vínculo donde exista cuidado mutuo, es esencial para sanar. También lo es comprender que las relaciones saludables implican diálogo, responsabilidad afectiva y capacidad de reparar tras los conflictos.

Si la persona que se fue decide regresar, la decisión no radicará en la necesidad, sino en la claridad. Será quien sufrió la pérdida quien determine si vale la pena otorgar una segunda oportunidad o si lo más sensato es cerrar el capítulo. Cada puerta que se cierra abre otra, y esta visión no es solo un consuelo: responde a la idea de que la vida, con su complejidad, también ofrece nuevos comienzos.

En última instancia, confiar en que existe un plan más grande —sea espiritual, emocional o existencial— ayuda a comprender que nada es completamente casual. Todo proceso tiene un propósito. Y aunque la frase “todo pasa por algo” pueda parecer simple, encierra una verdad profunda: las experiencias, incluso las más dolorosas, son parte del camino que nos construye.

Diana Belen

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