La tradición que cuenta la historia de un amor eterno a través de sus maravillosos altares, se celebra durante las fechas de Día de Muertos.
En cada hogar se esconde un significado profundo, un recuerdo vivo del cálido abrazo que toca el corazón a las 2:00 pm cuando las campanas de la parroquia anuncian la llegada del ánima bendita.
Un momento entrañable en el que las familias salen a la calle con pétalos que marcan el camino, sahumerios con copal que purifican, velas que iluminan la travesía y agua bendita que ofrece protección.
Todo ello con el propósito de guiar al alma que espera encontrar el camino de regreso a casa.
Es entonces cuando se percibe el lazo eterno que une a los vivos con sus seres amados, al observar el reencuentro de dos senderos: el panteón de Santa María y el panteón de La Santísima Trinidad.
Cada uno conduce a una memoria diferente.
Con base en la ubicación de cada hogar, se elige el trayecto de cempasúchil; las familias del barrio de arriba lo trazan hacia el panteón de Santa María, mientras que las del barrio de abajo lo hacen hacia el de La Santísima Trinidad.
Desde estos senderos se puede conocer las ofrendas nuevas y viejas, cada una guardiana de una historia de vida.
También destacan las ofrendas dedicadas para el ánima sola.
La primera se conoce como “nueva” o “monumental”.
Esta ofrenda se dedica únicamente a las personas que fallecieron durante el año y se distingue por su tela de satín color blanco, que evoca las nubes del cielo.
Está compuesta por tres niveles:
El primero hace alusión al mundo terrenal. En él se colocan los gustos que tuvo el ánima en vida: sus comidas y bebidas favoritas, así como sus objetos personales más preciados.
Si fue un niño, se añaden sus juguetes.
Por otra parte, se coloca un espejo que refleja la fotografía del ánima y alude a la intangibilidad del alma. A un costado de la imagen se ubican los llorones (figuras de cerámica), que representan a los deudos.
Del mismo modo, pueden observarse los ángeles, quienes sirven para cuidar y proteger al ánima.
El segundo nivel alude a la unión entre el cielo y la tierra. Surge de la creencia de que, cuando el ánima recorre el camino, no sabe con qué se encontrará; por ello, se coloca la imagen del santo al que fue más devoto en vida.
Si se trata de un niño, se coloca el Niño Dios.
Para que interceda y lo ayude a continuar su trayecto hacia el nivel superior.
Finalmente, el tercer nivel remite el cielo o la gloria, el lugar al que debe llegar el ánima. En él se colocan un Cristo, una hostia o vino, símbolos de la comunión, la fe y la vida eterna.
Por otra parte, la ofrenda vieja se distingue por su sencillez.
A diferencia de la monumental no posee niveles ni telas de satín, si no se cubre con manteles humildes que reflejan la devoción del hogar. Esta ofrenda se dedica a los familiares que tienen más de un año de haber fallecido, a quienes se les coloca aquello que la familia desea ofrecerles con cariño y gratitud.
Y por último están las ofrendas dedicadas a las ánimas olvidadas aquellas que no tienen quien las llame. Por ellas, se coloca una casita de barro afuera del hogar, ofreciéndoles una veladora, un vaso de agua, fruta o flores.
Así, Huaquechula te acoge con su hermosa tradición, recordándote que ninguna alma debe quedar desamparada en estas fechas; por el contrario, cada una merece ser evocada para seguir entrelazando su memoria.
Un legado que merece respeto y amor por quienes la visitan, compartiendo la herencia cultural que da sentido a su identidad.
Una conexión espiritual que trasciende el tiempo, invitándote a volver, una y otra vez, para reencontrarte con las historias que respiran en sus maravillosos altares.




