Me quiero comer tú pancreas


Sakura Yamauchi, una chica de 17 años, descubre que tiene una enfermedad en el páncreas y que su vida será corta.

Aun así, decide vivir cada día como si fuera el último.

Su nombre, tan dulce como su espíritu, refleja su manera de ver el mundo: con luz, alegría y un profundo deseo de disfrutar los pequeños instantes.
Un día conoce a un chico solitario de su escuela, Haruki Shiga.
Él siempre estaba solo, encerrado en su propio mundo, y ella se preguntaba:
-“¿Quién eres? ¿por qué siempre estás solo? ¿por qué no tienes amigos?”

El destino los hizo coincidir una tarde, cuando Haruki encontró un diario titulado “Viviendo con la muerte”.
Intrigado, lo abrió sin saber que pertenecía a Sakura, quien lo observaba en silencio. Desde ese momento, sus vidas comenzaron a entrelazarse.
Sakura se acercó a él con una sonrisa y le dijo:

—Tienes mi diario.

A partir de ahí nació una conexión inesperada. Lo que comenzó con curiosidad se transformó en una amistad sincera, y más tarde, en una historia de amor y crecimiento.
Sakura quería hacer muchas cosas antes de morir y, sobre todo, quería compartirlas con Haruki. Aunque al principio él se negó, ella no se rindió.
Deseaba vivir lo que le quedaba de vida a su lado. Poco a poco, Haruki empezó a cambiar: dejó de ser un chico frío y distante para abrir su corazón y descubrir lo hermoso que es compartir con alguien.

Juntos fueron al hospital, estudiaron, viajaron, rieron, jugaron y miraron los fuegos artificiales. Sakura vivía intensamente, como un reloj de arena que se vacía con cada grano, pero con la sonrisa de quien sabe que cada instante es un regalo.
En una ocasión, ella le dijo una frase que se quedaría grabada para siempre:
-"Quiero comerme tu páncreas.”

Esa expresión, tan peculiar, reflejaba su deseo más profundo: seguir viva, seguir sintiendo, seguir amando.
El día que Haruki decidió confesarle sus sentimientos, quedaron de verse en una cafetería. Él llegó primero y le envió un mensaje. Ella respondió:
-“Ya voy para allá.”

Minutos después, le mandó otro:
-“Me quiero comer tu páncreas.”

Sin embargo, Sakura nunca llegó. Más tarde, Haruki vio en las noticias que una joven había sido asesinada.

Era ella.
No murió por su enfermedad, sino por una tragedia inesperada.

Devastado, Haruki se encerró en su dolor. No asistió al funeral; estaba demasiado asustado y triste. Con el tiempo, se armó de valor para visitar a la familia de Sakura, y fue entonces cuando su madre le entregó el diario que ella había dejado para él.
En sus páginas, Sakura había plasmado todo: su tristeza, su deseo de vivir, y sobre todo, el cariño profundo que sentía por Haruki.

Aunque no pudieron decirse lo que sentían, ambos compartieron lo más valioso: la vida misma. Haruki aprendió, gracias a ella, a salir de su burbuja, a abrirse al mundo, a valorar cada instante.

Diana Belen

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